Agradecer para vivir más y mejor, lo dice la ciencia.

Una serie de estudios han confirmado que agradecer lo que tenemos (y también lo que no) impacta positivamente nuestra salud física y mental.

Somos buenos para pedir y pedir, pero ¿qué tanto agradecemos? Shane Medina, especialista en bioneuroemoción y programación neurolingüística, afirma que agradecer de forma consciente puede traer consigo muchos beneficios.

Ser agradecido puede optimizar nuestro sueño, fortalecer el sistema inmunológico, reducir la sensación de soledad, reforzar las relaciones interpersonales y, por supuesto, aumentar el nivel de felicidad.

Por si fuera poco, la gratitud impacta positivamente en la variabilidad del ritmo cardiaco, según la American Journal of Cardiology. De modo que agradecer regula la presión arterial.

Además, un estudio presentado en la American Psychological Association,  descubrió que los niños y adolescentes  que están agradecidos tienen un mejor comportamiento en la escuela. Sin duda, imitan las conductas de los padres.

Agradecer se convierte en un círculo virtuoso y con efectos positivos tanto a corto como a largo plazo, pues la gratitud mejora la respuesta del organismo frente a enfermedades de todo tipo.

Sin embargo, practicar la gratitud no es cosa fácil, hay que hacerlo de corazón e ir mucho más allá de lo evidente. Ser agradecido cuando todo va bien, cuando inicia un proyecto con éxito o cuando recibimos muchos regalos de cumpleaños es natural, pero ¿qué hay de los momentos difíciles?

Agradecer lo “simple” es el primer paso para atravesar los problemas, sin importar qué tan grandes parezcan. Ser agradecido es un hábito, una acción que cobra fuerza a base de repetición.

Si todo va bien, pero con más ahínco, si todo va mal, concéntrate en la comodidad de la cama en la que despiertas o las cuatro paredes que muchos otros no tienen.

Y si no logras conectar con el poder de la gratitud, escribe notas de agradecimiento para ti y para otros. Inicia un diario para agradecer el día a día, lo “bueno” y lo “malo”.

Una práctica de agradecimiento diaria puede cambiarte la vida y, dicho sea de paso, también la de quienes te rodean. La buena vibra se contagia (y sana, literal).

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